La Ecclesiología de la Unidad en Cristo: Exégesis de Juan 17:20-23 y el Desafío del Ministerio Pastoral Interdenominacional en América Latina
La Ecclesiología de la Unidad en Cristo: Exégesis de Juan 17:20-23 y el Desafío del Ministerio Pastoral Interdenominacional en América Latina
Lectura vocal magistral para estudio teológico hands-free e itinerante
Por el Consejo Académico de la Escuela Superior de Teología Evangélica Interdenominacional (ESTEI)
Introducción: La Crisis Eclesiológica de la Fragmentación en América Latina
El protestantismo evangélico en América Latina ha experimentado un crecimiento demográfico cuantitativo sin precedentes durante el último medio siglo. Sin embargo, este dinamismo numérico contrasta dramáticamente con una patología estructural endémica: la fragmentación sectaria y el hiperindividualismo eclesial. Tradiciones bautistas, metodistas, pentecostales, presbiterianas y un sinfín de movimientos independientes a menudo operan en islas de aislamiento teológico o, peor aún, en una competencia desleal y visceral que desfigura el testimonio público del Evangelio de Jesucristo.
Esta atomización eclesiológica no es un mero problema pragmático u organizacional; representa una profunda herida teológica y un desafío directo al mandato de la Escritura. Mientras que el mundo posmoderno latinoamericano se fragmenta en tribus ideológicas y polarizaciones sociopolíticas, la Iglesia evangélica frecuentemente refleja las mismas divisiones en lugar de exhibir la realidad del Reino de Dios. Frente a esta encrucijada, la oración sacerdotal de nuestro Señor Jesucristo registrada en el Evangelio según San Juan se alza como el estándar correctivo y la brújula teológica indispensable para el ministerio pastoral contemporáneo.
En Juan 17:20-23, Cristo no eleva una simple recomendación administrativa sobre la coexistencia pacífica entre sus seguidores, sino que articula la ontología misma de la comunidad de la Nueva Alianza. La unidad de los creyentes no es un ideal sociológico secundario ni un compromiso doctrinal diluido; es una realidad trinitaria revelada, una exigencia soteriológica y la credencial apologética primordial ante un mundo incrédulo. Como Escuela Superior de Teología Evangélica Interdenominacional (ESTEI), afirmamos que la fidelidad a la inerrante Palabra de Dios requiere el desarrollo de una eclesiólogía de la unidad en la verdad, capaz de superar el sectarismo sin claudicar jamás ante el relativismo teológico.
I. Contexto Histórico, Literario y Teológico de Juan 17
1. El Sitz im Leben del Discurso de Despedida
El capítulo 17 de Juan representa la cúspide teológica y afectiva del llamado Discurso de Despedida (Juan 13:1–17:26). Ubicado en el umbral de la Pasión, este pasaje —denominado tradicionalmente desde el siglo XVI por David Chytraeus como la Oratio Sacerdotalis (Oración Sacerdotal)— revela el corazón del Mediador de la Nueva Alianza en el momento preciso en que se dispone a ofrecer el sacrificio definitivo en la cruz del Calvario.
El teólogo reformado Herman Ridderbos (1997, p. 546) destaca que Juan 17 no debe leerse como un monólogo privado al que la comunidad joánica asistió de manera accidental, sino como una solemne proclamación litúrgica y mediadora. Jesús, como el Gran Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, consagra su propio sacrificio (Jn 17:19) e intercede por los frutos eternos de su obra de redención: la preservación, la santificación y la unidad visible e indivisible de su rebaño.
2. La Estructura Arquitectónica del Capítulo
La oración sacerdotal posee una estructura trinitaria y progresiva meticulosamente diseñada por el evangelista bajo la inspiración del Espíritu Santo:
- Juan 17:1-5: Jesús ora por sí mismo y su glorificación a través de la Cruz, afirmando la soberanía del Padre sobre toda carne y la naturaleza de la vida eterna (*ἡ αἰώνιος ζωή*).
- Juan 17:6-19: Jesús ora por sus discípulos inmediatos (los apóstoles), quienes han recibido la Palabra, demandando su preservación del maligno y su santificación en la verdad (*ἐν τῇ ἀληθείᾳ*).
- Juan 17:20-26: Jesús amplía su intercepción sacerdotal para abarcar a la Iglesia universal de todas las épocas —aquellos que creerán por la palabra apostólica—, centrando su petición en la unidad ontológica, la manifestación de la gloria y la plenitud del amor trinitario.
D.A. Carson (1991, p. 567) señala con agudeza exegética que en el versículo 20 se produce una transición crucial: el alcance de la misión mediadora de Cristo rompe los límites del círculo apostólico inicial para abarcar a toda la ecumene futura. La efectividad de la misión mundial de la Iglesia dependerá directamente del cumplimiento de la petición expresada en los versículos 20 al 23.
II. Exégesis Exhaustiva y Análisis Filológico de Juan 17:20-23
Para fundamentar una eclesiólogía verdaderamente bíblica e interdenominacional, es imperativo realizar un minucioso escrutinio exegético y gramatical del texto griego original de Juan 17:20-23.
Texto Griego (NA28):
20 Οὐ περὶ τοῦτων δὲ ἐρωτῶ μόνον, ἀλλὰ καὶ περὶ τῶν πιστευόντων διὰ τοῦ λόγου αὐτῶν εἰς ἐμέ, 21 ἵνα πάντες ἓν ὦσιν, καθὼς σύ, πάτερ, ἐν ἐμοὶ κἀγὼ ἐν σοί, ἵνα καὶ αὐτοὶ ἐν ἡμῖν ὦσιν, ἵνα ὁ κόσμος πιστεύῃ ὅτι σύ με ἀπέστειλας. 22 κἀγὼ τὴν δόξαν ἣν δέδωκάς μοι δέδωκα αὐτοῖς, ἵνα ὦσιν ἓν καθὼς ἡμεῖς ἕν ἐσμεν· 23 ἐγὼ ἐν αὐτοῖς καὶ σὺ ἐν ἐμοί, ἵνα ὦσιν τετελειωμένοι εἰς ἕν, ἵνα γινώσκῃ ὁ κόσμος ὅτι σύ με ἀπέστειλας καὶ ἠγάπησας αὐτοὺς καθὼς ἐμὲ ἠγάπησας.
1. Juan 17:20 — El Alcance de la Intercesión Apostólica
Οὐ περὶ τοῦτων δὲ ἐρωτῶ μόνον, ἀλλὰ καὶ περὶ τῶν πιστευόντων διὰ τοῦ λόγου αὐτῶν εἰς ἐμέ
El verbo principal utilizado por Jesús para orar es ἐρωτάω (erōtaō; presente activo indicativo, primera persona del singular). A diferencia del verbo αἰτέω (aiteō), que frecuentemente implica la petición de un inferior a un superior, erōtaō en la narrativa joánica denota una petición formulada sobre la base de una relación íntima de equidad y familiaridad divina (cf. Jn 14:16; 16:26). Jesús ora al Padre no como un suplicante desamparado, sino como el Hijo Coeterno que exige la aplicación de las cláusulas del Pacto de Redención.
La construcción participial τῶν πιστευόντων (tōn pisteuontōn) es un participio presente activo en caso genitivo masculino plural. Es de crucial importancia textual notar que mientras algunos manuscritos tardíos del texto bizantino leen el participio futuro πιστευσόντων (pisteusontōn, «de los que han de creer»), los testimonios manuscritos más antiguos y confiables (𝔓⁶⁶, 𝔓⁷⁵, Codex Sinaiticus ℵ, Codex Vaticanus B, Codex Ephraemi Rescriptus C) sostienen firmemente el participio presente πιστευόντων. Esta elección gramatical de tiempo presente subraya la visión intemporal de Cristo: Él contempla a las futuras generaciones de creyentes en el acto dinámico y continuo de ejercer la fe salvífica.
La mediación de esta fe se realiza estrictamente διὰ τοῦ λόγου αὐτῶν (dia tou logou autōn; «por medio de la palabra de ellos»). La preposición διὰ con genitivo indica el medio instrumental. La fe salvífica no nace de especulaciones místicas ni de innovaciones eclesiales, sino de la adhesión incondicional a la doctrina de los apóstoles (fides ex auditu; cf. Rm 10:17). John Stott (2007, p. 112) enfatiza que la verdadera unidad eclesial es intrínsecamente apostólica: no hay unidad bíblica fuera de la sujeción al depósito doctrinal transmitido por los apóstoles y preservado en las Santas Escrituras.
2. Juan 17:21 — La Estructura Trinitaria y el Prototipo de la Unidad
ἵνα πάντες ἓν ὦσιν, καθὼς σύ, πάτερ, ἐν ἐμοὶ κἀγὼ ἐν σοί, ἵνα καὶ αὐτοὶ ἐν ἡμῖν ὦσιν, ἵνα ὁ κόσμος πιστεύῃ ὅτι σύ με ἀπέστειλας.
El versículo 21 está dominado por una triple cláusula subordinada final introducida por la conjunción ἵνα (hina) con el modo subjuntivo, lo que señala el propósito supremo de la intercesión de Cristo:
- Primer propósito: ἵνα πάντες ἓν ὦσιν («para que todos sean uno»). El pronombre neutro ἓν (hen, «uno») es teológicamente vital. Jesús no utiliza el masculino εἷς (heis), lo que habría implicado la fusión de todos los creyentes en una sola persona física o la anulación de sus personalidades y diversidades individuales. El neutro hen expresa una unidad de esencia, mente, voluntad y propósito. Es una unidad orgánica y relacional, no una uniformidad monolítica.
- El estándar trinitario: καθὼς σύ, πάτερ, ἐν ἐμοὶ κἀγὼ ἐν σοί («como tú, Padre, en mí y yo en ti»). El adverbio comparativo καθὼς (kathōs) no denota una mera analogía distante, sino la norma ontológica y la fuente de la unidad eclesial. Aquí contemplamos la doctrina de la pericóresis (περιχώρησις) o inmanencia mutua de las personas de la Santísima Trinidad. Las personas divinas se habitan recíprocamente sin confundir sus subsistencias personales. Del mismo modo, la unidad de la Iglesia no es una estructura organizacional inventada por los hombres, sino una participación en la comunión trinitaria: ἵνα καὶ αὐτοὶ ἐν ἡμῖν ὦσιν («para que también ellos estén en nosotros»).
- El propósito misional: ἵνα ὁ κόσμος πιστεύῃ ὅτι σύ με ἀπέστειλας («para que el mundo crea que tú me enviaste»). El verbo πιστεύῃ (pisteuē; presente activo subjuntivo de pisteuō) o en algunas variantes textuales πιστεύσῃ (aoristo subjuntivo) vincula indisolublemente la eclesiología con la misiología. La unidad visible de la comunidad del Reino es el argumento apologético primordial para legitimar el origen divino de la misión de Cristo.
3. Juan 17:22 — La Donación de la Gloria Divina
κἀγὼ τὴν δόξαν ἣν δέδωκάς μοι δέδωκα αὐτοῖς, ἵνα ὦσιν ἓν καθὼς ἡμεῖς ἕν ἐσμεν
Jesús afirma haber otorgado a la Iglesia la misma gloria que recibió del Padre: τὴν δόξαν (tēn doxan). En la Septuaginta (LXX), doxa traduce la noción hebrea de כָּבוֹד (kabod), que evoca el peso, la majestad, el esplendor y la presencia manifiesta de Yahvé en medio de su pueblo (cf. Éx 40:34; Is 6:3). ¿En qué consiste esta «gloria» dada a los creyentes?
F.F. Bruce (1983, p. 334) señala acertadamente que en el Evangelio de Juan, la gloria de Cristo se revela de manera paradójica y suprema en su humillación obediente, en la Cruz (Jn 12:23-24; 13:31). Por tanto, la gloria concedida a la Iglesia no es el triunfalismo humano, la prominencia política ni el esplendor terrenal, sino la presencia del Espíritu Santo (Jn 14:16-17), el carácter del siervo sufriente y la capacidad divina de amar sacrificialmente. Es esta doxa —la presencia moradora del Espíritu de Santidad— el agente ontológico que posibilita que los creyentes sean «uno» (ἓν) a imagen de la unidad del Padre y del Hijo (καθὼς ἡμεῖς ἕν ἐσμεν).
4. Juan 17:23 — La Consumación Teleológica y el Testimonio Cósmico
ἐγὼ ἐν αὐτοῖς καὶ σὺ ἐν ἐμοί, ἵνα ὦσιν τετελειωμένοι εἰς ἕν, ἵνα γινώσκῃ ὁ κόσμος ὅτι σύ με ἀπέστειλας καὶ ἠγάπησας αὐτοὺς καθὼς ἐμὲ ἠγάπησας.
El versículo 23 condensa la declaración eclesiológica más profunda de las Escrituras. La fórmula ἐγὼ ἐν αὐτοῖς καὶ σὺ ἐν ἐμοί («yo en ellos y tú en mí») expresa la mediación perfecta de Cristo. Jesús es el eslabón ontológico: el Padre mora en el Hijo, y el Hijo mora en la Iglesia. Esta unión mística y real da como resultado que la Iglesia sea colocada en un estado de madurez y consumación perfecta.
La frase ἵνα ὦσιν τετελειωμένοι εἰς ἕν contiene el participio perfecto pasivo τετελειωμένοι (teteleiōmenoi, del verbo teleioō, «completar», «perfeccionar», «llevar a su meta trazada»). El uso del tiempo perfecto pasivo indica un estado permanente alcanzado como resultado de una acción divina completada en el pasado. La preposición εἰς con el acusativo neutro ἕν (eis hen, «hacia dentro de uno») denota dinamismo y dirección: la Iglesia es guiada progresivamente hacia una unidad consumada y visible.
El resultado directo de esta unidad consumada es doble:
- Cognitivo/Epistemológico para el mundo: ἵνα γινώσκῃ ὁ κόσμος («para que el mundo reconozca/sepa experencialmente»). El verbo γινώσκῃ (ginōskē; presente activo subjuntivo) exige que el mundo no creyente sea confrontado de manera ineludible con la evidencia empírica de una comunidad supernaturalmente unida.
- Soteriológico/Afectivo: καὶ ἠγάπησας αὐτοὺς καθὼς ἐμὲ ἠγάπησας («y que los has amado a ellos como me has amado a mí»). La unidad eclesial revela ante la creación atónita la asombrosa verdad de que el amor eterno del Padre hacia su Hijo encarnado ha sido extendido con la misma intensidad hacia los pecadores redimidos que componen el Cuerpo de Cristo.
III. Análisis Sintáctico y Variantes Textuales en Juan 17:20-23
Para mayor claridad del estudioso y del expositor bíblico, presentamos el aparato exegético-sintáctico condensado de las unidades claves del pasaje:
1. Juan 17:20 — τῶν πιστευόντων vs. πιστευσόντων
Lectura crítica recomendada: πιστευόντων (Participio presente). Apoyada por 𝔓⁶⁶, 𝔓⁷⁵, ℵ, B, C*, D, W, 054, 33, 579, 892. La variante con el participio futuro (πιστευσόντων) en A, C³, Θ, Ψ, 0250 y el Texto Receptus representa una corrección estilística posterior para enfatizar explícitamente el tiempo futuro desde la perspectiva histórica del Cenáculo. Sin embargo, la lectura en presente refleja la teología joánica del «ya y todavía no», donde la fe es una realidad continua garantizada por la obra decretiva de Dios.
2. Juan 17:21 — ἵνα καὶ αὐτοὶ ἐν ἡμῖν ὦσιν
La inclusión de ἐν ἡμῖν («en nosotros») está ampliamente atestiguada por 𝔓⁶⁶, 𝔓⁷⁵, ℵ, B, C, D, L, W. La omisión parcial de ἓν antes de ἐν ἡμῖν en el Codex Vaticanus (B) no altera el sentido fundamental: la unidad del cuerpo de creyentes está indisolublemente enraizada en la esfera de la comunión trinitaria (en hēmin).
3. Juan 17:23 — τετελειωμένοι εἰς ἕν
Sintácticamente, el participio τετελειωμένοι actúa como un predicativo adjunto al verbo perifrástico ὦσιν. La preposición εἰς indica la meta hacia la cual el Espíritu Santo perfecciona a la Iglesia. No se trata de una unidad estática o meramente legal, sino de una transformación madurativa e integral de la comunidad de fe.
IV. La Teología Dogmática de la Unidad: Entre lo Invisible y lo Visible
A lo largo de la historia de la teología evangélica, la interpretación de la unidad invocada por Cristo en Juan 17 ha oscilado entre dos extremos peligrosos: el reduccionismo ecumenista institucional (que busca la fusión burocrática sacrificando la verdad bíblica) y el espiritualismo sectario (que refugia la unidad exclusivamente en una «Iglesia invisible» no verificable, justificando el cisma y la desunión histórica).
1. La Iglesia Invisible y su Manifestación Necesaria en la Iglesia Visible
Juan Calvino, en sus monumental Institución de la Religión Cristiana (Libro IV, Cap. 1) y en su Comentario al Evangelio de San Juan (1553, p. 412), formula la distinción clásica entre la Iglesia invisible (el número total de los electos conocidos solo por Dios) y la Iglesia visible (la comunidad local y universal que profesa el Evangelio, administra los sacramentos y se somete a la disciplina bíblica). Calvino afirma taxativamente:
«De la misma manera que no es necesario ver con los ojos físicos la esencia de la fe para saber que existe, la unidad de la Iglesia, aunque tiene su raíz en la elección invisible de Dios, debe manifestarse visiblemente en la comunión fraterna, la doctrina pura y la caridad mutua. Despreciar la unidad visible bajo el pretexto de una unidad puramente espiritual es una hipocresía abominable.» (Calvino, 1553/1988, p. 415).
La oración de Jesús en Juan 17:21 exige expresamente una unidad que pueda ser percibida por «el mundo» (ἵνα ὁ κόσμος πιστεύῃ). El «mundo» (ho kosmos) —que en la teología joánica representa la humanidad rebelde e incrédula organizada en oposición a Dios— es totalmente incapaz de contemplar una «Iglesia invisible». Si la unidad fuera únicamente un concepto místico e intangible, no podría servir como testimonio ni como acusación contra la incredulidad del mundo. Por ende, la unidad requerida por Cristo debe poseer expresiones concretas, visibles, históricas e interpersonales.
2. La Pericóresis Trinitaria como Prototipo No-Fusionista
La referencia a la relación intra-trinitaria (καθὼς σύ, πάτερ, ἐν ἐμοὶ κἀγὼ ἐν σοί) refuta de manera contundente la eclesiólogía del monolitismo autoritario. En la Santísima Trinidad, la unidad de esencia divina no borra las distinciones personales del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Del mismo modo, en el protestantismo evangélico interdenominacional, la búsqueda de la unidad en Cristo no requiere la erradicación de las distintas tradiciones histórico-teológicas ni la homogenización de las liturgias o estilos de gobierno eclesiástico.
Como señaló el eminente teólogo de la Alianza Evangélica, Martyn Lloyd-Jones (1962, p. 89), la unidad cristiana nunca debe confundirse con la uniformidad ni con la fusión institucional. La verdadera unidad es una «comunión en el Espíritu» fundada en la verdad revelada. Las diferencias secundarias en la formulación dogmática —como las diversas posturas sobre el modo del bautismo entre bautistas y pedobautistas, la escatología o el orden del culto entre reformados y pentecostales— no tienen por qué destruir la unidad esencial, siempre y cuando exista un consenso firme sobre las doctrinas fundamentales del Evangelio de la Gracia.
3. Las Doctrina Fundamentales de la Fe como Límite de la Unidad
La verdadera eclesiólogía de la unidad rechaza tajantemente el ecumenismo sincretista que sacrifica la verdad bíblica en aras de un consenso superficial. En el contexto de Juan 17, la petición de unidad (vv. 20-23) está indisolublemente unida a la petición de santificación en la verdad (v. 17: ἁγίασον αὐτοὺς ἐν τῇ ἀληθείᾳ· ὁ λόγος ὁ σὸς ἀλήθειά ἐστιν). No existe unidad cristiana verdadera aparte de la fidelidad a la Palabra inerrante de Dios.
J.I. Packer (1984, p. 145) insistió en que el ecumenismo bíblico es estrictamente evangélico. Los límites de la comunión fraternal están determinados por el Evangelio genuino:
- La plena autoridad e inerrancia de las Santas Escrituras.
- La Divinidad absoluta y la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
- La Expiación sustitutiva y vicaria de Cristo en la Cruz.
- La Justificación sola por gracia a través de la sola fe (Sola Fide, Sola Gratia).
- La Resurrección corporal de Jesucristo y su Segunda Venida gloriosa.
- La necesidad del Nuevo Nacimiento (regeneración) por el Espíritu Santo.
Donde estas verdades apostólicas son profesadas y predicadas con fidelidad, allí está la Iglesia de Jesucristo, y allí debe reinar la unidad fraternal por encima de cualquier barrera denominacional.
V. El Desafío Pastoral Interdenominacional en América Latina
América Latina presenta un panorama socio-religioso único. El Protestantismo, que irrumpió con fuerza a finales del siglo XIX y cobró un impulso masivo durante el siglo XX a través del movimiento pentecostal, heredó gran parte de las divisiones denominacionales importadas del mundo anglosajón, a las cuales sumó sus propias dinámicas de fragmentación regional.
1. Las Patologías del Sectarismo Latinoamericano
Al analizar la realidad pastoral de nuestro continente, es posible identificar tres grandes patologías eclesiológicas que atentan directamente contra la oración de Cristo en Juan 17:
A. El Caudillismo y el Caciquismo Pastoral:
Frecuentemente, las divisiones eclesiásticas en América Latina no obedecen a profundas divergencias dogmáticas, sino a conflictos de personalidad, ambiciones de poder, dinámicas de liderazgo autoritario y la incapacidad de ejercer una disciplina bíblica en amor. El caudillismo pastoral transforma denominaciones y congregaciones locales en «feudos personales», donde la lealtad al líder humano reemplaza la lealtad suprema a la Cabeza de la Iglesia, que es Jesucristo.
B. El Aislamiento Tribal y la Exclusividad Sectaria:
Existe una tendencia extendida entre ciertos sectores (tanto en grupos hiper-reformados como en movimientos hiper-pentecostales o fundamentalistas independientes) a absolutizar sus particularidades teológicas o estéticas secundarias, pretendiendo poseer el monopolio exclusivo de la verdad o del Espíritu Santo. Esta postura anatematiza implícita o explícitamente a hermanos en Cristo de otras tradiciones genuinamente evangélicas, violando el mandamiento apostólico de «solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:3).
C. La Competencia Mercantilista y el Triunfalismo Numérico:
En las últimas décadas, el impacto de la Teología de la Prosperidad y los modelos pragmáticos de crecimiento eclesial han fomentado una mentalidad de mercado. Las iglesias locales a menudo compiten ferozmente entre sí por «captar miembros», promoviendo el proselitismo intra-evangélico en lugar de concentrarse en la evangelización del incrédulo y la transformación social a través de la Misión Integral del Evangelio.
2. El Imperativo Misional de la Unidad
El teólogo latinoamericano C. René Padilla (1981, p. 87) denunció proféticamente que una Iglesia dividida carece de autoridad moral para predicar el mensaje de la reconciliación. En sus propias palabras:
«El Evangelio es la buena noticia de que Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las paredes intermedias de separación entre los hombres a través de la Cruz. Cuando las iglesias evangélicas viven en constante pugna, desacreditándose mutuamente y negando la comunión práctica, ofrecen un contratestimonio blasfemo. Proclaman con sus palabras un mensaje de reconciliación que sus estructuras y actitudes niegan tajantemente.» (Padilla, 1981, p. 89).
Orlando Costas (1989, p. 112) coincidía al remarcar que la eficacia del testimonio evangelístico en el contexto latinoamericano —marcado por la pobreza, la violencia institucional y la pérdida de esperanza— exige una «misión en conjunto». La fe que el mundo debe abrazar (*ἵνα ὁ κόσμος πιστεύῃ*) no surge del espectáculo publicitario, sino de la contemplación de una comunidad de fe donde la gracia transformadora ha vencido las barreras de clase, raza, cultura y denominación.
3. Hacia un Ecumenismo Evangélico Trinitario y Misionero
Frente al falso ecumenismo que diluye la verdad doctrinal y al sectarismo que destruye la comunión de los santos, la Iglesia en América Latina debe abrazar el modelo del Ecumenismo Evangélico. Este enfoque halla su máxima expresión en la famosa máxima atribuida históricamente a Rupertus Meldenius (y popularizada por teólogos como Richard Baxter, John Wesley y Charles Spurgeon):
«En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todas las cosas, caridad.»
John Wesley, en su memorable sermón sobre el
Cómo citar este estudio teológico
Referencia bibliográfica recomendada:
