El Pastor como Centinela: Vigilancia Espiritual y Teología del Despertar en Ezequiel 33 para el Ministerio Latinoamericano
Introducción: La Atalaya del Señor en Tiempos de Penumbra
América Latina se encuentra en una encrucijada espiritual profunda y paradójica. Por un lado, los censos y estudios sociológicos continúan mostrando un crecimiento numérico del protestantismo evangélico en la región, fenómeno que ha sido analizado extensamente por académicos como David Stoll y Virginia Garrard-Burnett. Por otro lado, sin embargo, el continente experimenta una alarmante secularización interna de la iglesia, un sincretismo persistente con cosmovisiones ancestrales y modernas, y una creciente apatía espiritual que se disfraza de activismo eclesiástico. El pastor contemporáneo se encuentra, pues, ante una paradoja pastoral: pastorear un rebaño que crece en número pero que a menudo demuestra una superficialidad teológica preocupante, reflejada en la fragilidad de sus conversiones y en la ausencia de un compromiso ético transformador.
En este contexto de crisis —donde la voz profética ha sido silenciada por la búsqueda del éxito numérico, donde la predicación ha cedido ante la psicología motivacional, y donde la santidad ha sido reemplazada por técnicas de crecimiento eclesiástico—, la figura del centinela en Ezequiel 33 emerge con una relevancia inquietante y esperanzadora a la vez. El llamado de Dios al profeta del exilio no es un mero eco arqueológico de una época pretérita; es una palabra viva y actual para el pastor latinoamericano que debe alzar su voz en medio de un continente que, habiendo oído el evangelio, se ha adormecido en una religiosidad vacía.
El presente ensayo monográfico se propone explorar la metáfora del centinela en Ezequiel 33 como paradigma pastoral para contextos de crisis y apatía espiritual. Nuestro análisis será triple. En primer lugar, realizaremos una rigurosa exégesis del pasaje hebreo, prestando especial atención a la estructura literaria, el vocabulario teológico clave y el trasfondo histórico del exilio babilónico. En segundo lugar, desarrollaremos las implicaciones pastorales que se derivan del texto, enfatizando la naturaleza ineludible del llamado profético a advertir con fidelidad, aun cuando la audiencia permanezca sorda. Finalmente, integraremos la seriedad del juicio con la promesa de avivamiento presente en el texto mismo, conectando la teología del Antiguo Testamento con las realidades del ministerio hispano en el siglo veintiuno. Nuestra tesis central sostiene que la teología del despertar en Ezequiel 33 no es un optimismo superficial que ignora la realidad del pecado, sino una esperanza arraigada en la fidelidad inquebrantable de Yahweh, que llama a sus siervos a una vigilancia activa que trasciende las modas eclesiásticas y las estrategias meramente humanas.
Como escribiera con agudeza el gran predicador bautista Charles Spurgeon: «Si los pecadores serán condenados, que al menos salten al infierno sobre nuestros cuerpos; y si perecen, que perezcan con nuestros brazos alrededor de sus rodillas, implorándoles que se queden. Si el infierno debe ser llenado, que se llene con los esfuerzos de nuestras oraciones, y que nadie sea condenado sin que hayamos hecho todo lo posible para salvarlo» (Spurgeon, La Predicación del Evangelio, 1875). Esta pasión por las almas, que impulsó a los grandes avivamientos desde Edwards hasta Wesley, encuentra su fundamento bíblico en la institución del centinela, un oficio que el Señor mismo estableció como modelo de liderazgo espiritual responsable.
I. Trasfondo Histórico y Literario de Ezequiel 33
Para comprender la densidad teológica de Ezequiel 33, es indispensable situar el pasaje en su matriz histórica. El profeta Ezequiel, cuyo nombre en hebreo יְחֶזְקֵאל (Yeḥezqeʾl, «Dios fortalecerá» o «Dios es fuerte»), pertenecía a una familia sacerdotal (Ezequiel 1:3) y fue deportado a Babilonia en el año 597 a.C., junto con el rey Joaquín y la élite de Judá (2 Reyes 24:14-16). Su ministerio profético se desarrolló entre los exiliados a orillas del río Quebar, aproximadamente entre el 593 y el 571 a.C. Esta ubicación geográfica y temporal es crucial: Ezequiel no profetizaba desde el templo de Jerusalén ni desde la seguridad de la tierra prometida, sino desde el mismo centro del imperio que había destruido la esperanza nacional de Israel.
La estructura del libro de Ezequiel ha sido objeto de extenso debate académico, pero existe un consenso general en distinguir tres grandes secciones: los capítulos 1-24 contienen principalmente oráculos de juicio contra Judá y Jerusalén; los capítulos 25-32 presentan oráculos contra las naciones extranjeras; y los capítulos 33-48 constituyen la sección de restauración y consolación, aunque con matices importantes que veremos más adelante. En este esquema, el capítulo 33 funciona como una bisagra teológica crucial, una transición que Walton, Matthews y Chavalas describen como «el punto de inflexión desde la destrucción hacia la restauración» (Walton, Matthews y Chavalas, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia: Antiguo Testamento, 2004).
Sin embargo, es importante notar que la transición no es abrupta ni desprovista de tensión. El capítulo 33 se abre con una renovación del llamado profético de Ezequiel, y las palabras que recibe son esencialmente una reiteración y un reforzamiento de la comisión que había recibido originalmente en el capítulo 3. Esta repetición es deliberada y teológicamente significativa. Como observa el erudito evangélico Daniel Block: «La repetición de la comisión del centinela en el capítulo 33 no es un simple recurso literario; es una reafirmación teológica de que el ministerio profético de Ezequiel continúa, pero ahora con un nuevo énfasis en la responsabilidad individual y en la esperanza de restauración» (Block, The Book of Ezekiel: Chapters 25-48, 1998).
El contexto específico del capítulo 33 es la caída final de Jerusalén. El versículo 21 registra la llegada de un fugitivo que anuncia: «La ciudad ha sido tomada» (נִכְבְּדָה הָעִיר, nikbĕdah haʿir). Este evento, ocurrido en el año 586 a.C., confirmaba las palabras que Ezequiel había proclamado durante años. Los exiliados que habían escuchado sus advertencias, que quizás habían albergado la esperanza ilusoria de un pronto regreso a Jerusalén, ahora se enfrentaban a la dura realidad de que el juicio de Dios había caído sobre la ciudad santa. Es precisamente en este momento de crisis existencial y teológica que Dios reafirma el llamado de Ezequiel como centinela, pero con una nueva dimensión: la responsabilidad individual ante Dios y la promesa de vida para aquellos que se aparten de sus caminos de pecado.
La estructura del capítulo 33 puede dividirse en tres secciones principales. La primera (versículos 1-9) re-instituye el oficio del centinela con su responsabilidad de advertir al pueblo. La segunda (versículos 10-20) aborda la teología del arrepentimiento y la justicia divina, respondiendo a un proverbio popular que cuestionaba la equidad de los caminos de Dios: «Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera» (versículo 2, aunque el proverbio aparece explícitamente en el capítulo 18). La tercera sección (versículos 21-33) registra la noticia de la caída de Jerusalén y la respuesta de Dios a la actitud hipócrita de aquellos que escuchaban las palabras de Ezequiel pero no las ponían en práctica. Esta estructura tripartita proporciona un marco excelente para desarrollar nuestro análisis pastoral, pues cada sección aborda un aspecto fundamental de la vigilancia espiritual que necesitamos recuperar en el ministerio latinoamericano contemporáneo.
II. El Oficio del Centinela: Análisis Exegético de Ezequiel 33:1-9
La primera sección del capítulo se inicia con una fórmula profética característica: וַיְהִי דְבַר־יְהוָה אֵלַי לֵאמֹר (wayhî dĕbar-YHWH ʾēlay lēʾmor, «Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo»). Esta fórmula, que se repite más de cincuenta veces a lo largo del libro, enfatiza que lo que sigue no es una reflexión humana ni una especulación teológica, sino una palabra autoritativa que procede directamente de la boca de Dios. Para el pastor que desea comprender su llamado, esta apertura es fundamental: el ministerio del centinela no es una vocación auto-elegida ni un oficio eclesiástico meramente humano; es una institución divina, un mandato que procede del mismo corazón de Dios.
El texto continúa con una instrucción dirigida al profeta: «Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo, y diles: Cuando traigo espada sobre la tierra, y el pueblo de la tierra toma a un hombre de su territorio y lo pone por centinela» (versículo 2). Es notable que Dios no le ordena inmediatamente a Ezequiel que asuma el papel de centinela, sino que primero le instruye a comunicar al pueblo la naturaleza y el propósito de este oficio. Esta pedagogía divina tiene implicaciones profundas: antes de que el pastor pueda ejercer su llamado de vigilancia, debe ayudar a la congregación a comprender por qué este ministerio es necesario y cómo funciona. La iglesia que no entiende la necesidad de la vigilancia espiritual difícilmente recibirá la palabra de advertencia que Dios desea comunicar a través de su siervo.
El término hebreo utilizado para «centinela» es צֹפֶה (ṣōp̄eh), que deriva de la raíz צָפָה (ṣāp̄āh), cuyo significado fundamental es «mirar», «vigilar», «observar atentamente» o «esperar con expectativa». A diferencia de otro término hebreo para vigilante, שֹׁמֵר (šōmēr), que se refiere más frecuentemente al que «guarda» o «cuida» algo (como un guardia de una propiedad), el ṣōp̄eh es aquel que está en un lugar elevado —la atalaya o torre de vigilancia— escudriñando el horizonte en busca de peligros que se aproximan. Esta distinción es crucial para nuestra comprensión del rol pastoral. El pastor no es meramente un guardián que protege lo que ya está dentro del redil; es un vigía que debe tener una visión panorámica, que debe discernir las amenazas que se acercan desde afuera y las señales de peligro que emergen dentro de la comunidad.
La elección de la metáfora militar en los versículos 2-6 es deliberada. Dios describe una situación de guerra inminente: «Si cuando la espada viene sobre la tierra, aquel pueblo ve venir la espada y toca la trompeta y avisa al pueblo» (versículo 3). La «espada» (חֶרֶב, ḥereb) en el lenguaje profético del Antiguo Testamento representa con frecuencia el juicio divino ejecutado a través de instrumentos humanos, especialmente naciones invasoras (Levítico 26:25; Jeremías 12:12; Ezequiel 14:17). La responsabilidad del centinela es triple: observar la llegada de la espada, tocar la trompeta como señal de alarma, y advertir al pueblo del peligro inminente. Su tarea no es luchar contra la espada ni salvar al pueblo por sus propios medios; es dar la advertencia con claridad y urgencia.
Los versículos 4-5 establecen el principio de responsabilidad individual con una claridad contundente: «Y si el que oyere el sonido de la trompeta no se apercibe, y viniendo la espada lo toma, su sangre será sobre su cabeza. Porque oyó el sonido de la trompeta y no se apercibió; su sangre será sobre él; si se apercibiera, habría librado su vida». La sangre derramada es atribuida al que no respondió a la advertencia. Él escuchó la alarma, comprendió el peligro, pero decidió no actuar. Su muerte, por tanto, no es culpa del centinela, sino consecuencia de su propia negligencia. Este principio de responsabilidad individual será desarrollado más ampliamente en los versículos 10-20 y tiene profundas implicaciones para la predicación pastoral contemporánea.
Sin embargo, el versículo 6 introduce la otra cara de esta realidad: «Pero si el centinela viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada y tomare a alguno de ellos, éste fue tomado por causa de su iniquidad; pero yo demandaré su sangre de mano del centinela». Aquí la responsabilidad del centinela se vuelve ominosa. Si él falla en su deber de advertir, aunque la persona que perece sea culpable de su propio pecado, Dios dice que demandará su sangre de la mano del centinela. La negligencia del vigía no anula la culpa del pecador, pero añade una culpa adicional sobre el vigía mismo. Dios no está estableciendo un sistema de justicia conmutativa simple; está estableciendo un principio de responsabilidad delegada que tiene implicaciones eternas.
Es precisamente en el versículo 7 donde el texto da un giro sorprendente y se aplica directamente a Ezequiel: «Y a ti, hijo de hombre, yo te he puesto por centinela a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca y los amonestarás de mi parte». La expresión hebrea לְצֹפֶה נְתַתִּיךָ (lĕṣōp̄eh nĕtattîkā, «te he puesto por centinela») utiliza el verbo נָתַן (nātan, «dar», «poner», «colocar»), el mismo verbo usado en la institución de los líderes en el Antiguo Testamento. No es Ezequiel quien ha decidido ser centinela; es Dios quien lo ha colocado en esa posición. La autoridad del profeta, y por extensión la del pastor, no deriva de sus habilidades personales, su carisma o su preparación académica, sino de la iniciativa soberana de Dios que lo ha designado para este oficio.
La frase «oirás, pues, tú la palabra de mi boca» (וְשָׁמַעְתָּ מִפִּי דָּבָר, wĕšāmaʿtā mippî dābār) es particularmente significativa. El centinela no habla por sí mismo ni proclama sus propias opiniones o ideas; primero debe escuchar la palabra que procede de la boca de Dios. La raíz שָׁמַע (šāmaʿ, «oír») en hebreo implica no solo la percepción auditiva sino también la obediencia. El centinela debe ser primero un oyente obediente antes de convertirse en un vocero autorizado. Esta secuencia —primero escuchar, luego proclamar— es fundamental para la teología pastoral y ha sido enfatizada por los grandes reformadores. Juan Calvino, comentando este pasaje, escribió: «Ningún hombre está apto para enseñar a otros hasta que primero haya aprendido en la escuela de Dios; nadie puede ser un heraldo fiel de la palabra divina si no ha sido primero un discípulo atento del mismo Dios» (Calvino, Comentario sobre Ezequiel, 1565).
El versículo 8 continúa: «Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su iniquidad, pero su sangre demandaré de tu mano». La repetición de la amenaza en el versículo 9 subraya la solemnidad del asunto: «Y si tú avisares al impío de su camino para que se aparte de él, y él no se apartare de su camino, él morirá por su iniquidad, pero tú libraste tu alma». La responsabilidad del centinela se define por la fidelidad a la advertencia, no por el resultado de la misma. Si el profeta advierte fielmente, aunque el impío no se arrepienta, la sangre del impío no será demandada de la mano del profeta. La fidelidad al mensaje es la medida del éxito, no la conversión del oyente.
Este principio libera al pastor de la tiránica carga de los resultados numéricos que tanto aflige al ministerio contemporáneo. Como ha señalado el pastor y teólogo John Stott: «La fidelidad al mensaje es la primera obligación del predicador. No estamos llamados a tener éxito en términos del mundo, sino a ser fieles en términos de Dios. Nuestra responsabilidad es proclamar la palabra; la responsabilidad de la respuesta pertenece al Espíritu Santo» (Stott, Between Two Worlds: The Art of Preaching in the Twentieth Century, 1982). Esta libertad es profundamente liberadora para el pastor latinoamericano que puede sentirse abrumado por las expectativas eclesiásticas de crecimiento rápido y resultados visibles.
III. La Teología del Arrepentimiento: Ezequiel 33:10-20
La segunda sección del capítulo 33 responde a una objeción teológica que surgía entre los exiliados. El versículo 10 registra sus palabras: «Y tú, hijo de hombre, di a la casa de Israel: Vosotros habéis hablado así: Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos; ¿cómo, pues, viviremos?» El pueblo, abrumado por la conciencia de sus pecados y la realidad del juicio que había caído sobre Jerusalén, se encontraba en un estado de desesperación fatalista. Su pregunta —«¿cómo, pues, viviremos?» (וְאֵיךְ נִחְיֶה, wĕʾêk niḥyeh)— refleja una teología distorsionada que veía a Dios como un juez implacable que había cerrado toda puerta de esperanza.
La respuesta de Dios en el versículo 11 es uno de los pronunciamientos más conmovedores de todo el Antiguo Testamento: «Diles: Vivo yo, dice el Señor Dios, que no me complazco en la muerte del impío, sino en que el impío se aparte de su camino y viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, casa de Israel?» El texto hebreo utiliza el juramento divino חַי־אָנִי (ḥay-ʾānî, «Vivo yo»), que es la fórmula más solemne que Dios emplea para garantizar la veracidad de sus palabras. Lo que Dios está diciendo es que su propia existencia es la garantía de que no encuentra placer en la muerte del pecador.
El verbo utilizado para «complacerse» es חָפֵץ (ḥāp̄ēṣ), que significa «deleitarse en», «tomar placer en» o «desear ardientemente». La construcción negativa לֹא אֶחְפֹּץ (lōʾ ʾeḥpōṣ, «no me complazco») es enfática y niega categóricamente que la muerte del impío sea motivo de alegría para el corazón de Dios. Esta afirmación es revolucionaria en el contexto del antiguo Cercano Oriente, donde las deidades eran concebidas frecuentemente como caprichosas y vengativas, deleitándose en la destrucción de los humanos que las ofendían. El Dios de Israel, en contraste, se revela como aquel cuyo deseo fundamental es la vida del pecador, no su muerte.
La fórmula imperativa «Volveos, volveos» (שׁוּבוּ שׁוּבוּ, šûbû šûbû) es una repetición enfática del verbo שׁוּב (šûb), que es el término técnico del Antiguo Testamento para el arrepentimiento. Literalmente, šûb significa «volverse», «regresar» o «dar la vuelta». En el contexto profético, el arrepentimiento no es meramente un sentimiento de remordimiento ni una confesión verbal superficial; es un cambio radical de dirección, un volverse de los caminos de pecado hacia el camino de Dios. La repetición del verbo subraya la urgencia y la seriedad del llamado divino. Como ha escrito el teólogo de Princeton B.B. Warfield: «El arrepentimiento no es una obra que el hombre realiza para ganar el favor de Dios; es el don de Dios que capacita al hombre para responder al llamado divino. Pero es también un acto humano genuino en el cual el pecador, movido por la gracia, se vuelve de sus pecados hacia Dios» (Warfield, The Plan of Salvation, 1915).
Los versículos 12-16 desarrollan la teología de la justicia divina individualizada. El texto utiliza una serie de ejemplos contrastantes para establecer que Dios juzga a cada persona según su conducta presente, no según su historia pasada. El justo que se aparta de su justicia y comete iniquidad morirá por su pecado; el impío que se aparta de su impiedad y practica la justicia vivirá. Este principio, que ya había sido desarrollado extensamente en el capítulo 18, es reiterado aquí para corregir la teología fatalista del pueblo. La justicia de Dios no es arbitraria ni está determinada por el destino o el linaje; es una justicia relacional que responde a la condición actual del corazón humano.
Es importante notar que esta enseñanza no contradice la doctrina de la perseverancia de los santos desarrollada más plenamente en el Nuevo Testamento. Como ha señalado el teólogo reformado Anthony Hoekema, el Antiguo Testamento enfatiza la responsabilidad humana en el marco del pacto, mientras que el Nuevo Testamento revela más plenamente la obra perseverante del Espíritu Santo en el creyente (Hoekema, Saved by Grace, 1989). Ambos énfasis son complementarios y no excluyentes. Lo que Ezequiel está combatiendo no es la doctrina de la seguridad eterna, sino una falsa seguridad basada en privilegios religiosos y en la confianza en un linaje étnico que no se traducía en obediencia práctica.
El versículo 17 registra otra objeción del pueblo: «Y dirán los hijos de tu pueblo: El camino del Señor no es recto» (לֹא יִתָּכֵן דֶּרֶךְ אֲדֹנָי, lōʾ yittākēn derek ʾĂdōnāy). El verbo כּוּן (kûn) en la forma Hitpael significa «ser recto», «ser justo» o «ser establecido». El pueblo, al enfrentarse con el principio de responsabilidad individual, acusaba a Dios de injusticia porque sus conceptos previos de retribución colectiva e ineludible les parecía más coherente con la realidad que habían experimentado. Dios responde en los versículos 18-20 reafirmando la rectitud de sus caminos y la perversidad de los caminos humanos: «¿No es más bien el camino de ustedes el que no es recto?»
La frase final del versículo 20 es particularmente significativa para la teología pastoral: «Cada uno conforme a sus caminos os juzgaré, casa de Israel». La justicia divina es individualizada y relacional. Dios no trata a las personas como masas anónimas, sino como individuos responsables ante él. Esta verdad tiene implicaciones profundas para el ministerio pastoral. No podemos contentarnos con predicar sermones generales que nunca tocan las conciencias individuales. Debemos, como el profeta Natán ante David, ser capaces de decir: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7), aplicando la palabra de Dios a las situaciones concretas de cada oyente.
IV. La Caída de Jerusalén y la Hipocresía de los Oyentes: Ezequiel 33:21-33
La tercera sección del capítulo 33 registra el cumplimiento histórico de las profecías de juicio de Ezequiel. El versículo 21 declara: «Y aconteció en el año duodécimo de nuestro cautiverio, en el mes décimo, a los cinco días del mes, que vino a mí uno que había escapado de Jerusalén, diciendo: La ciudad fue tomada». Es conmovedor notar que la noticia de la caída de Jerusalén llega a Ezequiel el mismo día en que Dios había anunciado previamente que abriría su boca (Ezequiel 24:25-27). Durante aproximadamente dos años, desde la destrucción de Jerusalén hasta la llegada del fugitivo, Ezequiel había permanecido mudo como señal profética. Ahora, al confirmarse sus palabras, su boca se abre para proclamar un mensaje de esperanza y juicio.
La respuesta de Dios en los versículos 23-29 aborda un nuevo problema pastoral: la actitud de aquellos que permanecían en la tierra de Judá y que reclamaban derechos sobre la herencia patriarcal. Estos individuos, que no habían sido deportados a Babilonia pero que vivían en una tierra devastada, intentaban legitimar sus pretensiones citando el pacto con Abraham: «Abraham era uno, y poseyó la tierra; pues nosotros somos muchos; a nosotros nos es dada la tierra en posesión» (versículo 24). Dios responde enumerando los pecados persistentes de este remanente: comer carne con sangre (una violación explícita de la ley de Levítico 19:26), levantar los ojos a los ídolos, derramar sangre, confiar en la espada, cometer abominaciones y contaminar a las esposas de otros (versículos 25-26).
Esta lista de pecados es notable no solo por su gravedad sino por su actualidad. El remanente que había escapado del juicio no había aprendido la lección del castigo. Aunque vivían en una tierra desolada, continuaban practicando los mismos pecados que habían provocado la destrucción de Jerusalén. La religión vacía, la confianza en privilegios heredados y la persistencia en el pecado sin arrepentimiento caracterizaban a este grupo. Su ortodoxia profesada (reclamaban el pacto abrahámico) no se traducía en ortopraxia (una vida obediente). Esta disyunción entre la fe profesada y la vida practicada es uno de los problemas más urgentes del cristianismo latinoamericano contemporáneo.
Los versículos 30-33 presentan quizás el análisis más penetrante de la hipocresía religiosa en toda la literatura profética. Dios describe a Ezequiel la actitud de aquellos que venían a escucharlo: «Y tú, hijo de hombre, los hijos de tu pueblo se mofan de ti junto a las paredes y a las puertas de las casas, y habla uno con otro, cada uno con su hermano, diciendo: Venid ahora, y oíd qué palabra sale del Señor. Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra; porque con su boca dicen mucho amor, pero su corazón va en pos de sus intereses» (versículos 30-31).
El texto hebreo es extremadamente vívido. El verbo נִדְבְּרוּ (nidbĕrû) en el versículo 30 es una forma Hitpael del verbo דָּבַר (dābar, «hablar»), que puede tener una connotación de «hablar unos con otros» o incluso «murmurar». La imagen es de personas que se reúnen en las esquinas para criticar y burlarse del profeta, mientras que al mismo tiempo se invitan mutuamente a ir a escuchar lo que Dios dice a través de él. Hay una fascinación morbosa con la palabra profética, pero no hay disposición a obedecerla.
El versículo 31 describe la conducta de estos oyentes con precisión quirúrgica. Vienen «como viene el pueblo» (כְּבוֹא עָם, kĕbôʾ ʿām), es decir, en gran número y con aparente devoción. Se sientan «delante de él» (לְפָנָיו, lĕpānāyw) como si fueran el pueblo de Dios. Escuchan las palabras del profeta. Pero no las ponen por obra. La frase כִּי בְּפִיהֶם עָשִׂים (kî bĕpîhem ʿāśîm) es difícil de traducir; la LXX la interpreta como «con su boca aman» o «con su boca expresan amor», mientras que la traducción de la RVR1960 la vierte como «con su boca dicen mucho amor». La idea es que hay una gran profesión de amor y devoción en sus labios, pero sus corazones están orientados hacia sus propios intereses egoístas. El término hebreo בְּצַע (bēṣaʿ) significa «ganancia injusta», «codicia» o «interés personal». La religión de estos oyentes es utilitaria: buscan a Dios por lo que pueden obtener de él, no por lo que pueden ser en él.
El versículo 32 añade una nota de trágica ironía: «Y he aquí que tú eres para ellos como un cantor de amores, de hermosa voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra». El profeta, que había sido llamado a proclamar la palabra de Dios con urgencia y seriedad, era percibido por su audiencia como un simple entretenimiento religioso. Sus palabras eran apreciadas por su belleza estética o su elocuencia retórica, pero no por su autoridad transformadora. Esta es una de las tentaciones más sutiles del ministerio pastoral: convertir la predicación en un espectáculo que agrada a los oídos pero que no transforma los corazones.
El versículo final del capítulo registra la promesa de juicio sobre esta hipocresía: «Cuando esto venga (y he aquí que viene), sabrán que hubo profeta entre ellos». La autenticación final del ministerio profético no ocurre en el momento de la predicación, sino cuando las palabras se cumplen. Los oyentes que menospreciaron al profeta como un simple cantor reconocerán demasiado tarde que Dios había hablado verdaderamente a través de él. Este principio es un serio recordatorio para el pastor contemporáneo: nuestra fidel
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