Semana 7 — La expiación: limitada vs. universal
Semana 7: La expiación: limitada vs. universal
1. Fundamentación Epistemológica, Pregunta Guía y Presupuestos Teológicos
La pregunta por el alcance de la expiación constituye, probablemente, el punto de mayor densidad
soteriológica y el de mayor tensión hermenéutica en el debate intra-evangélico entre la tradición
reformada y la tradición arminiano-wesleyana. No se trata de una curiosidad especulativa ni de un
tecnicismo escolástico aislado, sino de la articulación misma entre la intención eterna de Dios,
la naturaleza de la obra de Cristo y la lógica de la aplicación de la redención por el Espíritu.
Quien afirma que Cristo murió por todos sin distinción no está simplemente ampliando un
dato cuantitativo; está comprometiendo una determinada doctrina de los decretos, de la elección y
de la eficacia de la cruz. Quien afirma que Cristo murió por los elegidos de manera
particular no está simplemente restringiendo un dato cuantitativo; está comprometiendo una
determinada doctrina de la oferta universal del evangelio, de la voluntad revelada de Dios y de
la suficiencia del sacrificio. En ambos casos, la decisión exegética sobre un puñado de textos
—Juan 10:11, 15; 1 Juan 2:2; 2 Corintios 5:14-15, entre otros— funciona como gozne de un sistema
doctrinal entero.
Esta lección se sitúa, por tanto, en el cruce entre exégesis, teología bíblica, teología sistemática
e historia de la interpretación. La asignatura TEO-304 asume que el estudiante evangélico está
llamado a pensar estas cuestiones con rigor filológico, caridad confesional y honestidad
hermenéutica, sin refugiarse en caricaturas de la posición contraria. La metodología de ESTEI
exige que cada tradición sea presentada en su forma más fuerte (steelmanning) antes de
ser evaluada críticamente, y que las conclusiones se formulen con la humildad propia de quien
reconoce que la iglesia histórica ha sostenido ambas lecturas con argumentos serios y con
exégetas de primera línea.
1.1. Pregunta guía de la semana
¿Enseña el Nuevo Testamento que la muerte de Cristo fue intencionada y eficazmente diseñada
para redimir a un pueblo particular (expiación limitada o definida), o que fue ofrecida por
todos los seres humanos sin excepción, de modo que su alcance es universal aunque su aplicación
sea condicional a la fe (expiación universal o general)? Y, más allá de la respuesta, ¿cómo
deben interpretarse los textos clásicos de Juan 10:11, 15; 1 Juan 2:2 y 2 Corintios 5:14-15
a la luz de sus respectivos contextos literarios, canónicos y lingüísticos?
La pregunta guía no es meramente cuantitativa. Detrás de ella se esconde una cuestión más
profunda: ¿qué tipo de obra es la expiación? ¿Es una provisión que se ofrece y que puede
rechazarse, o es una consecución que se aplica infaliblemente a quienes el Padre entregó al
Hijo? ¿Es la cruz el fundamento de una posibilidad universal de salvación, o la ejecución
histórica de un decreto eterno de redención particular? La respuesta a estas preguntas
condiciona la predicación, la evangelización, la seguridad del creyente y la doxología.
1.2. Presupuestos epistemológicos y teológicos evangélicos
Antes de entrar en la exégesis, conviene explicitar los presupuestos que ESTEI asume como
marco de trabajo. Estos presupuestos no son neutrales; son confesionalmente evangélicos y
metodológicamente rigurosos.
Primero, la inspiración y autoridad de las Escrituras. Asumimos la
inspiración plenaria y la inerrancia de la Escritura en todo lo que afirma, conforme a la
tradición evangélica clásica. Esto implica que los textos que hablan del alcance de la
expiación no pueden ser armonizados mediante la negación de alguno de ellos, sino mediante
una interpretación que haga justicia a todos. La tensión entre textos de aparente
universalidad (1 Jn 2:2; Jn 1:29; 3:16; 1 Tim 2:4-6; Heb 2:9; 2 Pe 2:1) y textos de
aparente particularidad (Jn 10:11, 15, 26-29; 17:9, 19; Ef 5:25-27; Rom 8:32-34; Ap 5:9)
no se resuelve silenciando una de las dos series.
Segundo, la doctrina trinitaria y la unión hipostática calcedónica. La
expiación es la obra del Hijo encarnado, ofrecida al Padre en el Espíritu. Cualquier
discusión sobre su alcance debe respetar la distinción de personas y la unidad de esencia,
y debe evitar tanto el modalismo como el subordinacionismo funcionalista que separa la
intención del Padre de la obra del Hijo. La cruz no es un evento aislado, sino el
cumplimiento histórico del pacto eterno de redención (pactum salutis en la
formulación reformada; consejo eterno de amor en la formulación arminiana).
Tercero, la distinción entre suficiencia y eficiencia de la expiación.
Ambas tradiciones afirman que la muerte de Cristo es infinitamente suficiente para salvar
a todos los seres humanos. La diferencia radica en su eficiencia: si es eficaz para todos
los que creen (arminianismo) o eficaz para los elegidos que infaliblemente creerán
(calvinismo). Esta distinción, formulada con claridad desde la escolástica reformada, es
fundamental para no confundir el debate.
Cuarto, la distinción entre voluntad decretiva y voluntad preceptiva de Dios.
La tradición reformada distingue entre la voluntad decretiva (lo que Dios ha determinado
que suceda) y la voluntad preceptiva (lo que Dios manda a las criaturas). La tradición
arminiana, en cambio, tiende a hablar de una voluntad universal de salvación que es
genuina y que puede ser resistida. Esta diferencia condiciona la interpretación de textos
como 1 Timoteo 2:4 y 2 Pedro 3:9.
Quinto, la distinción entre expiación y aplicación. La expiación es la
obra objetiva de Cristo en la cruz; la aplicación es la obra subjetiva del Espíritu en el
creyente. La pregunta por el alcance de la expiación es distinta de la pregunta por el
alcance de la aplicación. Un arminiano puede afirmar que la expiación es universal y la
aplicación particular (solo a los que creen); un calvinista puede afirmar que la expiación
es particular y la aplicación igualmente particular (a los elegidos). Pero también existen
posiciones intermedias, como la de los teólogos reformados que sostienen una expiación
universal en su provisión y particular en su aplicación (por ejemplo, algunos
hipotéticos universalistas reformados como Moisés Amyraut, o los llamados
amyraldianos).
1.3. Panorama histórico del debate
El debate no nació en el siglo XVII con el Sínodo de Dort (1618-1619), aunque allí recibió
su formulación clásica. En la patrística, autores como Atanasio, Cirilo de Alejandría y
Agustín hablaron de una expiación de valor infinito y de alcance universal en su
provisión, pero aplicada particularmente a los creyentes. La fórmula patrística
«suficiente para todos, eficaz para los elegidos» se remonta a autores como
Ambrosiaster y Agustín, y fue repetida por Tomás de Aquino y por los reformadores.
En la Reforma, Calvino sostuvo una expiación particular en su eficacia, aunque con matices
que algunos intérpretes consideran compatibles con una oferta universal. Sus sucesores,
especialmente Teodoro de Beza y los teólogos de Dort, formularon la doctrina de la
expiación limitada con mayor precisión. Los arminianos, en su Remonstrancia de
1610, afirmaron que Cristo murió por todos los seres humanos, pero que solo los que creen
reciben el beneficio. El Sínodo de Dort rechazó esta posición y formuló la doctrina de la
redención particular.
En el siglo XVIII, John Wesley y el metodismo reavivaron la doctrina de la expiación
universal, integrándola en una teología de la gracia preveniente. En el siglo XIX, Charles
Finney y otros teólogos del avivamiento popularizaron una versión más arminiana. En el
siglo XX, teólogos reformados como Louis Berkhof, John Murray y John Owen defendieron la
expiación limitada, mientras que arminianos como Jacob Arminius (en su propia
formulación), Richard Watson y, más recientemente, Roger Olson y Thomas Oden
defendieron la expiación universal. En el siglo XXI, el debate se ha reavivado con
autores como John Piper y Mark Driscoll por el lado reformado, y Greg Boyd y Jerry Walls
por el lado arminiano.
1.4. Relevancia pastoral y doxológica
La doctrina del alcance de la expiación no es un tema de salón. Afecta la predicación del
evangelio: ¿puede el predicador decir a todo ser humano «Cristo murió por ti»? Afecta la
seguridad del creyente: ¿puedo estar seguro de que Cristo murió por mí? Afecta la
doxología: ¿agradezco a Dios por una redención que podría haber sido en vano para
algunos, o por una redención que infaliblemente salva a todos los que el Padre le dio?
Afecta la misión: ¿predicamos porque Dios quiere salvar a todos, o porque Dios tiene
elegidos que aún no han sido llamados?
En esta semana, el estudiante debe aprender a sostener ambas posiciones con caridad, a
evaluarlas con rigor exegético y a formular su propia conclusión con humildad. La
tradición evangélica ha convivido con esta tensión durante siglos, y ESTEI no pretende
resolverla de manera autoritaria, sino equipar al estudiante para pensar con profundidad
y para servir a la iglesia con fidelidad.
1.5. Metodología de la lección
La lección se divide en dos partes. La Parte 1 (esta sección) establece el marco
epistemológico, la pregunta guía y los presupuestos teológicos. La Parte 2 desarrolla la
exégesis detallada de los textos clave, con análisis lingüístico en griego, morfología,
léxico BDAG, crítica textual y estructura literaria. Se prestará atención especial a
Juan 10:11, 15; 1 Juan 2:2; 2 Corintios 5:14-15, y se integrarán otros textos relevantes
como Juan 1:29; 3:16; 6:37-40; 17:9; Romanos 8:32-34; Efesios 5:25-27; 1 Timoteo 2:4-6;
Hebreos 2:9; 2 Pedro 2:1; Apocalipsis 5:9.
El objetivo no es solo informar, sino formar. El estudiante debe salir de esta semana
capaz de articular ambas posiciones con precisión, de evaluar los argumentos exegéticos
con honestidad y de formular una conclusión teológica que sea coherente con el conjunto
de la Escritura y con la tradición evangélica.
2. Exégesis, Análisis Lingüístico y Corpus Bíblico Fundamental
La Parte 2 aborda el corazón exegético del debate. Se analizarán los textos clave en su
lengua original, con atención a la morfología, la sintaxis, el léxico (BDAG para el griego,
HALOT para el hebreo cuando sea pertinente) y la crítica textual. El objetivo es mostrar
cómo las decisiones exegéticas concretas condicionan las conclusiones teológicas, y cómo
ambas tradiciones han leído estos textos con argumentos que merecen ser tomados en serio.
2.1. Juan 10:11, 15: «El buen pastor da su vida por las ovejas»
El texto griego de Juan 10:11 dice: Ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός· ὁ ποιμὴν ὁ καλὸς τὴν
ψυχὴν αὐτοῦ τίθησιν ὑπὲρ τῶν προβάτων. La frase clave es ὑπὲρ τῶν προβάτων
(«por las ovejas»). El verbo τίθησιν (presente de indicativo, tercera persona
singular de τίθημι) tiene el sentido de «poner, depositar», y en este contexto
significa «dar la vida». La preposición ὑπέρ con genitivo indica sustitución o
beneficio: «en favor de», «en lugar de». El artículo definido τῶν προβάτων
(«las ovejas») es crucial: no dice «por todos los seres humanos», sino «por las ovejas».
En el contexto inmediato (Juan 10:1-18), Jesús se presenta como el buen pastor en
contraste con los falsos pastores de Israel (cf. Ezequiel 34). Las «ovejas» son
identificadas en el versículo 3 como aquellas a quienes el portero abre y que oyen la
voz del pastor; en el versículo 4, como las que él saca y guía; en el versículo 14,
como las que conocen al pastor y son conocidas por él; en el versículo 16, como las
que aún no están en el redil y que también debe traer; en el versículo 26, como
aquellas que no creen porque no son de sus ovejas; en el versículo 27, como las que
oyen su voz, él las conoce y ellas le siguen; en el versículo 28, como aquellas a
quienes nadie arrebatará de su mano; en el versículo 29, como aquellas que el Padre
le ha dado. La cadena de referencias es consistente: las ovejas son un grupo
definido, conocido por el Padre y entregado al Hijo.
El versículo
3. Desarrollo Histórico-Dogmático y Controversias Eclesiásticas
La pregunta por la extensión e intención de la expiación de Cristo no nació en el siglo XVII con el
sinodo de Dordrecht ni con los remonstrantes, sino que atraviesa toda la historia del pensamiento
cristiano como un río subterráneo que emerge periódicamente a la superficie. Rastrear su desarrollo
histórico-dogmático exige distinguir con cuidado entre la pregunta por el valor de la expiación
(¿es suficiente para todos?), la pregunta por su intención (¿para quiénes fue designada?) y la
pregunta por su aplicación (¿a quiénes se comunica eficazmente?). La confusión entre estos tres
niveles ha generado buena parte de las controversias eclesiásticas que a continuación se describen.
3.1. La era patrística: universalidad del ofrecimiento y particularidad de la eficacia
En los primeros siglos, la reflexión sobre la obra de Cristo se articuló en torno a categorías
soteriológicas amplias: recapitulación (Ireneo de Lyon en Adversus Haereses),
divinización (Atanasio en De Incarnatione), rescate (Orígenes, con su célebre
imagen del pago al diablo, posteriormente matizada por Gregorio de Nisa en la Gran Catequesis).
En estos autores no encontramos todavía una distinción técnica entre expiación limitada y universal,
pero sí una tensión real: por un lado, la convicción de que Cristo murió por todo el género humano
(Ireneo, Adv. Haer. II.22.4; Atanasio, De Inc. 4); por otro, la afirmación de que solo
los creyentes se benefician efectivamente de su obra.
Agustín de Hipona representa un punto de inflexión decisivo. En su polémica contra los pelagianos y
semipelagianos, formula con claridad la doctrina de la gratia irresistibilis y de la
predestinación incondicional, y en obras como De correptione et gratia y
De praedestinatione sanctorum sostiene que la muerte de Cristo fue designada eficazmente
para los elegidos, aunque el ofrecimiento del evangelio se dirige a todos. Agustín no usa el lenguaje
de «expiación limitada», pero su lógica —gracia eficaz, redención particular, distinción entre
vocatio externa y vocatio interna— constituye el sustrato que la tradición reformada
posterior invocará como precedente patrístico. Los semipelagianos de Marsella (Juan Casiano,
Vicente de Lérins) defendieron, en cambio, una sinergia entre gracia y voluntad que anticipa
intuiciones arminianas.
En Oriente, la tradición griega (Juan Crisóstomo, Cirilo de Alejandría, Máximo el Confesor) tendió a
subrayar la universalidad de la encarnación y de la obra redentora como restauración de la naturaleza
humana caída, sin problematizar en los términos agustinianos la cuestión de la intención particular
de la cruz. Esta diferencia de acentos entre Oriente y Occidente reaparecerá siglos después en las
discusiones confesionales.
3.2. La escolástica medieval: sutilezas sobre la suficiencia y la eficacia
La escolástica medieval heredó de Agustín la convicción de la predestinación, pero desarrolló
distinciones que resultan sorprendentemente modernas. Pedro Lombardo, en sus Sentencias,
plantea si Cristo murió por todos los hombres o solo por los predestinados, y responde con una
fórmula que se volverá clásica: la sangre de Cristo es suficiente para todos, pero
eficaz solo para los elegidos. Esta distinción sufficienter / efficaciter será
retomada por Tomás de Aquino, quien en la Summa Theologiae (III, q. 48, a. 2) afirma que
la pasión de Cristo es causa de salvación per modum sufficientiae para todos, pero
per modum efficientiae solo para los que se unen a él por la fe y la caridad.
Duns Escoto introduce un matiz distinto: la expiación es de valor infinito por la persona divina
del Verbo, y su aceptación por parte de Dios es cuestión de ordenación voluntaria, no de necesidad
metafísica. Guillermo de Ockham y la vía moderna radicalizarán esta línea, abriendo el camino a
concepciones más voluntaristas de la redención. En contraste, la escuela tomista y los dominicos
posteriores (Cayetano, Báñez) insistirán en la causalidad instrumental de la humanidad de Cristo
en la aplicación de la gracia.
Es importante notar que ni Tomás ni Escoto enseñan una «expiación limitada» en el sentido técnico
posterior. Ambos afirman la universalidad de la suficiencia y la particularidad de la eficacia,
pero sin definir con precisión la intención divina en la designación de la cruz. La
cuestión quedará abierta hasta la Reforma.
3.3. La Reforma: particularidad de la redención en el marco de la doble predestinación
Martín Lutero, en obras como De servo arbitrio (1525), sostiene con fuerza la esclavitud
de la voluntad y la elección incondicional, pero su cristología y su doctrina de la expiación
mantienen un tono marcadamente universal: Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo (Jn 1,29), y el evangelio ofrece el perdón a todos los que creen. Lutero no
sistematiza una expiación limitada; su énfasis está en la justificación por la fe sola
y en la theologia crucis.
Juan Calvino, en la Institutio Christianae Religionis (1559), es más explícito. En III.xxi-xxiv
desarrolla la doble predestinación, y en III.xxii.7 afirma que la muerte de Cristo es el
precio de la redención ofrecido por los elegidos, aunque en varios pasajes (por ejemplo,
Comentario a Juan 3,16; Comentario a 1 Timoteo 2,4) reconoce que el ofrecimiento
del evangelio es universal y que la suficiencia de la expiación es infinita. Calvino no
usa la fórmula «expiación limitada» ni la sistematiza como locus confesional; su
preocupación es afirmar la eficacia soberana de la gracia y la seguridad del creyente.
Teodoro de Beza, sucesor de Calvino en Ginebra, y los teólogos de la orthodoxia reformata
(William Perkins, William Ames, Johannes Wollebius) sí desarrollan con mayor precisión la doctrina
de la redemptio particularis: Cristo murió intencionalmente solo por los elegidos,
aunque su muerte sea suficiente para todos. Esta formulación se convertirá en el estándar
de la escolástica reformada del siglo XVII.
3.4. La controversia arminiana y el Sínodo de Dordrecht (1618-1619)
Jacobo Arminio (1560-1609), profesor de teología en Leiden, cuestionó la doctrina de la
predestinación supralapsaria y defendió una elección condicionada por la fe prevista
(fides praevisa), una gracia resistible y una expiación universal en su intención.
Sus seguidores, los remonstrantes, formularon en 1610 la Remonstrantia con
cinco artículos, el segundo de los cuales afirma que Cristo murió por todos los hombres,
aunque solo los creyentes se benefician efectivamente de su obra.
El Sínodo de Dordrecht (1618-1619), convocado por los Estados Generales de Holanda, condenó
los cinco artículos remonstrantes y formuló los Cánones de Dordrecht, cuyo segundo
capítulo («De la muerte de Cristo y la redención de los hombres por ella») establece la doctrina
de la redemptio particularis: Cristo murió eficazmente solo por los elegidos,
aunque su muerte es suficiente para todos. El texto clave es el artículo 8 del segundo
capítulo: «Esta fue la voluntad de Dios, que Cristo, por la sangre de su cruz, redimiera
eficazmente a todos aquellos —y solo a aquellos— que desde la eternidad fueron elegidos para
salvación».
Es crucial notar que Dordrecht no niega la suficiencia universal de la expiación ni el
ofrecimiento universal del evangelio; lo que niega es la intención universal de la
redención en cuanto a su eficacia salvadora. La distinción entre suficiencia e
intención se convierte en el eje del debate posterior.
3.5. La tradición reformada posterior: Amyraut y la escuela de Saumur
En el siglo XVII, Moisés Amyraut (1596-1664), profesor en la Academia de Saumur, propuso una
posición intermedia conocida como hipotética universalidad o amyraldismo:
Dios, en su decreto, quiso salvar a todos los hombres hipotéticamente (si creen), pero
previendo la incredulidad, eligió a algunos para salvación y envió a Cristo a morir
intencionalmente por los elegidos. La fórmula de Amyraut busca preservar la
universalidad del ofrecimiento y la particularidad de la elección, pero fue acusada de
incoherencia tanto por los reformados ortodoxos (Friedrich Spanheim, André Rivet) como por
los arminianos.
La Formula Consensus Helvetica (1675) condenó el amyraldismo, pero la posición
siguió influyendo en teólogos como John Davenant y Richard Baxter en Inglaterra, y en
sectores del puritanismo. En el siglo XVIII, Jonathan Edwards (el «nuevo» Edwards) y
Samuel Hopkins desarrollaron una teología de la expiación que combinaba la particularidad
de la intención con la universalidad del ofrecimiento, en línea con la tradición reformada
clásica.
3.6. Wesley, el metodismo y la reacción arminiana
John Wesley (1703-1791) articuló una teología de la gracia que, sin abandonar la doctrina
de la depravación total, afirmaba la gracia preveniente universal y la expiación
universal en su intención. En sermones como On Predestination y
The Scripture Way of Salvation, Wesley sostiene que Cristo murió por todos
los hombres, y que la gracia de Dios está disponible para todos, aunque solo se actualiza
en los que creen. Wesley se distancia tanto del calvinismo de Dordrecht como del
semipelagianismo, afirmando la necesidad absoluta de la gracia para la salvación.
El metodismo wesleyano se convirtió en la principal tradición arminiana de los siglos XVIII
y XIX, y su influencia se extendió al movimiento de santidad y al pentecostalismo clásico
del siglo XX. En el siglo XIX, teólogos como Richard Watson y William Burt Pope
sistematizaron la doctrina arminiana de la expiación universal, y en el siglo XX,
Thomas Oden y Roger Olson la han defendido en diálogo con la tradición reformada.
3.7. Debates contemporáneos: la expiación en la teología del siglo XX y XXI
En el siglo XX, la cuestión de la expiación limitada fue reexaminada desde múltiples
perspectivas. Karl Barth, en su Dogmática eclesiástica, propuso una doctrina
de la elección en Cristo que, según algunos intérpretes, implica una universalidad
de la expiación en su intención (Cristo es el elegido y el reprobado en lugar de
todos). La interpretación de Barth es disputada: para algunos es universalista,
para otros mantiene la particularidad de la elección en Cristo.
En el ámbito reformado, la controversia entre supralapsarios e
infralapsarios se ha reavivado en torno a la expiación. Teólogos como
John Piper, R. C. Sproul y Wayne Grudem defienden la expiación limitada (o
«redención particular») como la posición coherente con la doctrina reformada
de la gracia soberana. Otros, como J. I. Packer en El conocimiento de Dios,
la presentan como la consecuencia lógica de la elección incondicional.
En el campo arminiano-wesleyano, Roger Olson en Arminian Theology: Myths and
Realities y Thomas Oden en La teología clásica cristiana defienden
la expiación universal como la posición más coherente con el amor de Dios y la
responsabilidad humana. En el diálogo ecuménico, autores como Donald Bloesch
y Clark Pinnock han buscado posiciones intermedias que eviten tanto el
universalismo como la particularidad estricta.
La controversia contemporánea se ha visto enriquecida por los debates sobre la
naturaleza de la expiación (penal sustitucionaria, Christus Victor,
teoría de la influencia moral), y por la pregunta por la relación entre la
expiación y la justicia de Dios. La discusión sobre la expiación limitada
sigue siendo uno de los loci más vivos de la teología evangélica,
y su resolución exige tanto rigor exegético como sensibilidad pastoral.
En síntesis, la historia del dogma muestra que la cuestión de la expiación
limitada no es un invento del siglo XVII, sino el desarrollo de una tensión
presente desde la patrística entre la universalidad del ofrecimiento y la
particularidad de la eficacia. Las confesiones reformadas (Dordrecht,
Confesión de Westminster, Catecismo
5. Implicaciones Pastorales, Éticas y Misiológicas
La doctrina de la expiación no es un ejercicio especulativo reservado al aula. Lo que se decide acerca del alcance de la obra de Cristo configura la predicación, la vida devocional, la ética social y la estrategia misionera de la iglesia. Quien afirma que Cristo murió por los elegidos y quien afirma que murió por todos los seres humanos sin excepción no predican el mismo evangelio en su forma concreta, no oran con la misma confianza y no se dirigen al mundo con la misma postura. Por eso, tras haber examinado los argumentos exegéticos e históricos en las partes anteriores, corresponde ahora trazar las consecuencias prácticas de cada posición, sin caricaturizar ninguna y reconociendo que ambas tradiciones han producido frutos pastorales y misioneros genuinos.
5.1. La predicación y la oferta del evangelio
El predicador calvinista sostiene que la expiación es definida o particular: Cristo murió con la intención eficaz de salvar a los elegidos, y su muerte garantiza infaliblemente su salvación. Esto plantea la pregunta pastoral clásica: ¿cómo puede el predicador ofrecer a todo oyente la salvación si Cristo no murió por todos? La respuesta reformada tradicional, formulada con particular claridad por autores como John Murray en Redemption Accomplished and Applied y por J. I. Packer en su conocido ensayo sobre la expiación, distingue entre la suficiencia del sacrificio y su eficacia. La muerte de Cristo es de valor infinito, suficiente para salvar a cualquier pecador que crea; su eficacia se aplica a los elegidos. Sobre esa base, el predicador puede invitar a todo oyente a arrepentirse y creer, sabiendo que la promesa del evangelio es verdadera para quien la recibe. La oferta universal del evangelio se fundamenta no en una expiación universal, sino en el mandato divino de predicar a toda criatura y en la suficiencia infinita del sacrificio.
El predicador arminiano-wesleyano, por su parte, sostiene que Cristo murió por todos los seres humanos, de modo que la oferta del evangelio descansa directamente en la extensión universal de la expiación. Autores como Thomas Oden en The Transforming Power of Grace y, en el ámbito latinoamericano, voces wesleyanas contemporáneas insisten en que la predicación gana en sencillez y en fuerza apelativa cuando el predicador puede decir sin reservas mentales: «Cristo murió por ti, sí, por ti». La oferta no necesita ser calificada por una distinción entre suficiencia y eficacia; es universal porque el sacrificio es universal. El riesgo que los reformados señalan es el de un universalismo práctico o de una expiación que, al no garantizar la salvación de nadie en particular, debilita la seguridad del creyente. El riesgo que los arminianos señalan en la posición reformada es el de una predicación que, al ofrecer lo que en rigor no fue provisto para todos, bordea la insinceridad.
La lección pastoral que ambas tradiciones pueden aprender es doble. Primero, la predicación debe ser siempre una oferta sincera y sin ambigüedades: «Arrepiéntete y cree en el evangelio» (Marcos 1:15). Segundo, la seguridad del creyente no descansa en la extensión de la expiación considerada en abstracto, sino en la obra del Espíritu que aplica la redención y en la promesa de Dios a quien cree. Un calvinista y un arminiano pueden predicar el mismo llamado evangélico con la misma urgencia, aunque difieran en la explicación teológica de por qué ese llamado es eficaz en unos y no en otros.
5.2. La seguridad de la salvación y la vida devocional
La doctrina de la expiación limitada, en su forma clásica, ofrece al creyente una seguridad objetiva: Cristo murió por mí, y su muerte no puede fallar. Esta convicción ha sostenido a generaciones de creyentes en la persecución y en la duda. El himno «Sublime gracia» de John Newton, tan querido en ambas tradiciones, expresa esa confianza: la gracia que salvó a un miserable también salvará a todo aquel que cree. La seguridad no depende de la intensidad de la experiencia subjetiva, sino de la obra objetiva de Cristo.
La doctrina de la expiación universal, en su forma wesleyana, ofrece al creyente una seguridad fundada en la promesa universal del evangelio: Cristo murió por todos, luego también por mí, y mi perseverancia depende de mi respuesta libre a la gracia, sostenida por el Espíritu. El riesgo del desánimo y de la inseguridad se aborda no negando la posibilidad de la apostasía, sino afirmando la plenitud de la gracia preveniente que acompaña al creyente en cada paso. Autores como John Wesley en sus sermones sobre la gracia y la perseverancia insistieron en que la seguridad es posible y deseable, pero no incondicional.
En la práctica pastoral latinoamericana, donde la religiosidad popular mezcla confianza y temor, ambas tradiciones tienen algo que aportar. La tradición reformada subraya la firmeza del pacto de Dios; la tradición wesleyana subraya la responsabilidad humana y la seriedad de la perseverancia. Un pastor sabio integrará ambas: la seguridad objetiva de la obra de Cristo y la exhortación constante a permanecer en la fe.
5.3. Ética cristiana: la dignidad humana y el alcance del amor de Dios
La doctrina de la expiación tiene consecuencias éticas de primer orden. Si Cristo murió por todos los seres humanos sin excepción, entonces cada persona, por degradada que esté, es objeto del amor redentor de Dios. Esta convicción ha impulsado históricamente la obra misionera, la abolición de la esclavitud, la defensa de los derechos humanos y el servicio a los marginados. Los wesleyanos del siglo XVIII, como John Wesley y sus colaboradores, predicaron a los mineros, a los esclavos y a los desposeídos, convencidos de que Cristo murió por ellos. En América Latina, la teología wesleyana y la tradición metodista han alimentado una ética social comprometida con los pobres y con la justicia.
La tradición reformada, por su parte, ha subrayado que la elección no es privilegio sino responsabilidad: los elegidos son elegidos para servir, para ser instrumentos de la gracia de Dios en el mundo. La ética calvinista, desde Calvino hasta Abraham Kuyper y sus herederos, ha insistido en la transformación de la cultura, en la mayordomía de la creación y en la justicia social como fruto de la gratitud. La doctrina de la expiación particular no ha impedido, sino a menudo impulsado, un compromiso profundo con el prójimo, precisamente porque el amor de Dios es eficaz y transformador.
En el contexto latinoamericano contemporáneo, marcado por la desigualdad, la violencia y la corrupción, ambas tradiciones están llamadas a colaborar. La dignidad de cada ser humano, creado a imagen de Dios y objeto de su amor redentor, es el fundamento de una ética cristiana que se opone a toda forma de desprecio, explotación o exclusión. La expiación, sea entendida como limitada o como universal, proclama que el pecado es real y que su remedio es costoso: la cruz. Esa convicción debería traducirse en una ética de la reconciliación, del perdón y de la búsqueda de la justicia.
5.4. Misión y evangelización en el mundo contemporáneo
La misión cristiana se fundamenta en el mandato del Resucitado: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). La pregunta teológica es: ¿por qué predicar a todos si Cristo murió solo por los elegidos? La respuesta reformada clásica es que la predicación es el medio por el cual Dios llama a los suyos; no sabemos quiénes son los elegidos, pero sabemos que Dios tiene los suyos en toda nación, tribu y lengua, y que la predicación es el instrumento de su llamamiento. La misión no se debilita por la doctrina de la elección; al contrario, se fortalece, porque la salvación no depende del éxito del misionero sino de la gracia soberana de Dios.
La respuesta arminiana es más directa: predicamos a todos porque Cristo murió por todos, y la oferta del evangelio es genuina para cada oyente. La misión se entiende como la extensión de la invitación divina a toda la humanidad. Esta convicción ha impulsado un celo misionero notable en las tradiciones wesleyana, pentecostal y bautista arminiana, especialmente en América Latina, donde el crecimiento evangélico ha sido extraordinario en las últimas décadas.
En el mundo contemporáneo, marcado por la globalización, la migración y el pluralismo religioso, la misión cristiana enfrenta nuevos desafíos. La teología de la expiación ofrece el fundamento para un diálogo respetuoso pero firme: respetuoso, porque reconoce la dignidad de todo ser humano; firme, porque proclama que solo en Cristo hay salvación. La misión no es imposición cultural sino anuncio de la buena noticia de que Dios ha actuado en la historia para reconciliar consigo al mundo.
5.5. Unidad en la diversidad: hacia una pastoral de la caridad teológica
La historia del debate calvinismo-arminianismo muestra que ambas tradiciones han producido santos, mártires, misioneros y teólogos de primera línea. John Owen y John Wesley, por citar dos extremos, se habrían opuesto en la doctrina de la expiación, pero ambos amaron a Cristo y sirvieron a su iglesia. La lección pastoral final es la de la caridad teológica: sostener con firmeza las convicciones propias, pero reconocer en el hermano que difiere un verdadero discípulo de Jesús. La unidad de la iglesia no requiere uniformidad doctrinal en todos los puntos, sino fidelidad al evangelio y amor mutuo.
En la práctica, esto significa que un pastor reformado y un pastor wesleyano pueden colaborar en la evangelización, en la obra social y en la formación de discípulos, aunque difieran en la explicación de la expiación. Significa también que los creyentes deben ser enseñados a distinguir entre las doctrinas esenciales y las opiniones teológicas legítimamente diversas. La expiación es esencial; su alcance preciso es materia de debate dentro de la ortodoxia evangélica.
América Latina, con su rica diversidad evangélica, es un laboratorio providencial para esta caridad teológica. Calvinistas, arminianos, pentecostales y bautistas comparten el mismo evangelio y la misma misión. Si aprenden a debatir con respeto y a colaborar con humildad, darán al mundo un testimonio poderoso de la unidad del cuerpo de Cristo. Si se dividen por cuestiones secundarias, debilitarán su testimonio y deshonrarán el nombre de aquel por quien dicen haber sido salvados.
Que la doctrina de la expiación, en cualquiera de sus interpretaciones, nos lleve siempre a la cruz, y que la cruz nos lleve siempre a la humildad, a la gratitud y al amor. Ese es el fruto pastoral de toda teología verdadera.
6. Preguntas de Discusión, Glosario y Bibliografía Académica Selecta
6.1. Preguntas de discusión para foros
- ¿Cómo distinguiría usted entre la suficiencia y la eficacia de la expiación? ¿Es esta distinción una solución satisfactoria al problema de la oferta universal del evangelio, o una evasión del mismo?
- Si Cristo murió solo por los elegidos, ¿cómo puede el predicador invitar sinceramente a todos los oyentes a creer? ¿Cómo respondería un arminiano a esta objeción, y cómo respondería un calvinista?
- ¿Qué consecuencias pastorales tiene para la seguridad del creyente la doctrina de la expiación limitada? ¿Y para la doctrina de la posibilidad de la apostasía?
- ¿Cómo se relaciona la doctrina de la expiación con la ética social y la defensa de la dignidad humana en el contexto latinoamericano?
- ¿Puede una iglesia local sostener ambas posiciones sin dividirse? ¿Qué condiciones pastorales harían posible esa convivencia?
- Examine los textos de 1 Timoteo 2:4-6, 2 Pedro 2:1 y 1 Juan 2:2. ¿Cómo los interpreta cada tradición? ¿Cuál es la lectura exegética más natural según el contexto inmediato?
- ¿Cómo afecta la doctrina de la expiación a la motivación misionera? ¿Es la elección un obstáculo o un estímulo para la misión?
- ¿Qué papel juega la gracia preveniente en la teología wesleyana, y cómo se relaciona con la expiación universal?
- ¿Cómo evaluaría usted la afirmación de que la expiación es «suficiente para todos, eficaz para los elegidos»? ¿Es coherente o incoherente?
- ¿Qué podemos aprender de la historia del debate entre calvinistas y arminianos para la práctica del diálogo teológico en la iglesia contemporánea?
6.2. Glosario técnico
- Expiaci
